Fue en 1973 cuando Nathaniel Wyeth, un ingeniero mecánico de Pennsylvania, obtuvo una patente para el proceso de fabricación de uno de los objetos que pronto revolucionaría los hábitos alimenticios de millones de personas: la botella de plástico PET.

Si se toma desde esta perspectiva, la introducción de este material en el mercado parece ser relativamente reciente, mucho más que otros objetos (especialmente en el sector tecnológico) que han dejado su huella en el siglo XX. A pesar de su corta edad, nos hemos acostumbrado tanto a este material que parece imposible imaginar nuestra vida cotidiana sin la clásica botella de plástico.

La noción de que las botellas de PET no pueden ser reemplazadas se ha ido estableciendo cada vez más en la opinión pública, hasta el punto de que el consumo de botellas de PET ha alcanzado un nivel tan alto que representa una grave amenaza para el medio ambiente en sólo cuatro décadas. Cuarenta años para poner en riesgo un ecosistema desarrollado en eras.

Uno podría preguntarse qué beneficio obtenemos de la utilización de este material si supone tal amenaza para el medio ambiente y las generaciones futuras. Los beneficios están, lo quiera o no, a la vista de todos y se refieren a la extrema practicidad del objeto: fácil de transportar y listo para ser moldeado para seguir las estrategias de comercialización y las tendencias del momento (la forma y la etiqueta son características esenciales para este último punto).

En lo que respecta a la presumida mejor calidad del agua embotellada, no hay pruebas tangibles de su superioridad real sobre el agua del grifo (si excluimos las zonas sin acceso al agua potable). Por regla general, el agua que fluye de nuestros grifos debe estar sujeta a normas de calidad mucho más estrictas y, en caso de duda, es posible hacer que sus propiedades sean examinadas por las autoridades locales competentes.

Italia se encuentra entre los países con las normas de calidad de agua corriente más elevadas del mundo (dado también el porcentaje de manantiales de montaña), pero sigue siendo el primer país europeo en cuanto a consumo per cápita de agua embotellada. ¿Cuál es la razón de esta preferencia aparentemente infundada? Esto se debe en gran parte a las campañas de comercialización llevadas a cabo por las grandes marcas, que tienen estrategias de comercialización muy eficaces, capaces de llevar a la mayoría de los consumidores a la suya. Las diversas operaciones de marcación han sido hasta ahora muy eficaces para lograr este propósito.

Este primer aspecto está asociado a una serie de delitos ambientales y a una mala gestión de los acuíferos en los últimos tiempos, que han contribuido a una cierta desconfianza en el uso del agua corriente con fines alimentarios. La infiltración de sustancias tóxicas en el suelo (que luego afectan a los cursos de agua) también se debe a la presencia de enormes vertederos, a los que a menudo les resulta difícil seguir el ritmo de la enorme cantidad de desechos.

¿Qué bien de consumo genera residuos que podríamos evitar? Exactamente la botella de PET. Su impacto ambiental no sólo radica en su eliminación después de su uso (piense en las islas de plástico formadas en el Pacífico), sino también en el propio proceso de producción, que tiende a generar emisiones de CO² insostenibles para el ecosistema a largo plazo.

Para una visión general del tema, puede consultar la infografía que la TradeMachines alemana ha creado para dar a conocer el tema. En su opinión, beber agua corriente, o al menos utilizar el PET de forma consciente, es un primer paso para demoler el prejuicio de que la botella de plástico es un producto necesario e irremplazable.

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